Asteroide B612

Soy un montón de cosas, parte de este Universo y como tal, parte de ustedes y viceversa. Un poco de socióloga,filósofa, escritora, poeta, pintora. Soy humana y toda la dimensión que implica esa palabra.

sábado, 25 de agosto de 2007

La Bola de Cristal

LA BOLA DE CRISTAL


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Cada cinco años en nuestro país intelectuales, analistas de toda índole, las ma de los “no ilustrados” --como señalan algunos sapientes-- y, sobre todo, los medios de comunicación se recrean con el circo político que son las elecciones en este país. Saltan los “apodos” a los candidatos (ratón Mickey, el trompis, el tres leches, etc.), las escatologías y, sobre todo, sale la caja de lustrar entre los contrincantes. Es como ir a ver al cine la película “Jurasic Park”.

Por supuesto que no faltan los adivinadores o pitonisos que día a día nos alimentan desde el desayuno, sobre quién y no qué partido ganará las elecciones presidenciales. Se construyen, deconstruyen y reconstruyen imaginarios identitarios bajo el típico modelo caudillesco que tanto gusta en este país, aunque nos quejemos y digamos no aceptarlo por respeto a nuestra dignidad. Y los partidos, si es que así se les puede llamar, son esqueletos carentes de legitimidad en su funcionar y, en la mayoría de los casos, coyunturales. Son una banderita como las que vemos en las barreras de toros de las fiestas patronales.

Se juega a formar partidos y a ser “político”, todos no identificables ideológicamente son esencialmente híbridos, unos se autoreconocen como la “izquierda verdadera”, otros como “pragmáticos”, otros retoman sus viejos tiempos, y otros no saben ni qué son. La carrera es llegar al poder. Y por ello no es fortuito que nuestra niñez responda cuando se le pregunta: ¿qué te gustaría ser cuando seas grande? Político, porque se gana dinero.

Más que un festín de máscaras (como Los Hulosos), predicciones a partir de giros diplomáticos (a lo Oscar René), sala de juzgado (a lo Xiomara Chamorro), matrimonios (al estilo Quezada) y otras variedades encontradas como en los clasificados de los diarios, de una u otra forma se busca cómo tipificar el escenario electoral y presagiar la fórmula ganadora, olvidándonos de que estamos en Nicaragua, un país atípico, donde se ha querido cambiar todo para que nada cambie, donde el ser caco (el nuevo doctorado nica que es equivalente a decir, sinvergüenza, ladrón) nos puede llevar a ser: ¡candidato presidencial¡, y, con las virtudes del reinado de un Estado de Derecho (que enorgullece sólo a los enamorados platónicos de la modernidad), se nos dice que debemos cumplir con nuestra obligación: votar, mientras el binomio legalidad-legitimidad es barajado por el poder en los pasillos estatales día a día.




¿Hasta qué punto la importancia de las elecciones para el futuro del país?, me pregunto, les pregunto. Quizás un poco de indiferencia sansotiana (de Pierre Sansot, sociólogo francés, exponente de la teoría de la lentitud, si se le podría denominar de esa manera deliberadamente) combinada con el paradigma foucaultiano sobre el poder, me hacen conceptuar de otra manera sobre las mismas, pero fundamentalmente la vivencia diaria.


Al echar una ojeada a los candidatos sobre su trayectoria política, laboral, profesional, familiar entre otras, quedo en blanco. Las plataformas políticas, en su mayoría elaboradas por equipitos que desconocen de estrategias de desarrollo, pero sí de comunicación, conllevan, les aseguro, el mínimo común denominador: producción, empleo, educación y salud. Elementos de pura retórica vacía, instrumentos del discurso efectivo similar al canto de sirenas, que atrapa seductoramente y en el que creen y se hunden las víctimas del poder. Creo más en los vendedores de esas medicinas “cura todo”, con que uno se topa de vez en cuando en los buses, que en lo que pueda escuchar los próximos meses…


Ésas son las elecciones. El gran espacio que nos da la democracia cada seis años de ser ciudadanos y ciudadanas para la sobrevivencia del mismo. El gran circo, donde ya no sabemos si reírnos del payaso triste o él reírse de nosotros. La filosofía del mutuo engaño, para creer (o hacer creer; otro engaño) que todo está bien y el sistema funciona.

¿Se imaginan ustedes que en un determinado momento la ciudadanía fuera atacada por el “virus de la dignidad” ante el poder, se rebelara ante toda esta purulencia y el día de las votaciones decidiera dejar en blanco las boletas, o bien no asista a votar? Tal a como sucede en la fabulosa novela de Saramago “Ensayo sobre la lucidez” (y Mario Benedetti tiene un cuento similar), donde la mayoría de los habitantes deciden ejercer su derecho al voto de esta manera, castigando al poder hasta hacerlo cojear. ¿Por qué no es posible poner sobre el tapete al poder?

Resultaría más sensato que muchos se quiten el turbante, guarden la bola de cristal que a diario frotan para vaticinar el futuro electoral e investiguen sobre el entramado social, económico y cultural del país. Qué es lo que está pasando con la niñez, la juventud, las mujeres, la tercera edad, el campesinado, los migrantes, las reservas naturales, la poesía, el río San Juan, pero sobre todo, qué está pasando en esta “cosa” que se llama Estado de Derecho. Pregunta indiscreta (se violenta la ley): ¿por quién va a votar usted? ¡No me diga que va a consultarle a la bolita de cristal!

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